Maria Estrella, una historia vía zoom…

Conocí a María Estrella alrededor de 2017, cuando yo era voluntaria en Catholic Charities y comenzaba mis prácticas para graduarme como maestra de Kundalini Yoga.

En aquel tiempo, algunos desafíos físicos limitaban mucho sus movimientos. Había posturas que parecían lejanas y ejercicios que necesitaba realizar muy lentamente, respetando lo que su cuerpo podía hacer. Pero María Estrella tenía algo muy valioso: la disposición de intentarlo y la constancia para regresar.

Comenzó asistiendo a una clase por semana. Sin prisa y sin competir con nadie, fue avanzando poco a poco. Adaptábamos los movimientos, celebrábamos cada pequeño cambio y aprendíamos a trabajar desde las posibilidades de ese día, no desde las limitaciones.

Después de aproximadamente un año de práctica, sucedió algo que las dos recordamos con mucha emoción: María Estrella logró realizar la postura de arado y la postura de vela. Su felicidad era inmensa. No se trataba solamente de alcanzar dos posturas; era descubrir que su cuerpo todavía podía sorprenderla y que la perseverancia podía abrir caminos que antes parecían imposibles.

Desde entonces, casi no falta a sus clases.

Pero su transformación no se ha limitado al movimiento físico. A lo largo de los años he visto cómo ha ido confiando más en sí misma, tomando decisiones con mayor seguridad y enfrentando los retos de la vida con más serenidad, gracia y amor. Muchos de esos cambios pertenecen a su historia personal y los guardo con profundo respeto, pero puedo decir que he sido testigo de una mujer que continúa descubriendo su propia fortaleza.

Tiempo después, María Estrella cambió de residencia y se fue a vivir a una ciudad ubicada aproximadamente a dos horas de donde nos reunimos. Ya no le era posible continuar asistiendo presencialmente, pero eso no significó que dejara de ser parte de la clase ni de nuestra comunidad.

Gracias a la tecnología, siguió conectándose y participando con la misma constancia y cercanía. La pantalla se convirtió en una nueva manera de encontrarnos, aprender y continuar creciendo juntas. Y, de vez en cuando, cuando tenemos algún evento presencial especialmente significativo, nos sorprende con su visita y llega para regalarnos un abrazo de esos que ninguna tecnología puede reemplazar.

Su historia también es un hermoso ejemplo de que una comunidad no está determinada solamente por la distancia física. Cuando existe el deseo de permanecer, podemos seguir acompañándonos aunque vivamos lejos. Podemos vernos, escucharnos, sostener nuestros procesos y continuar compartiendo el camino.

La historia de María Estrella me recuerda que el yoga no consiste en hacer una postura perfecta. Consiste en aprender a escucharnos, encontrar nuevas posibilidades y regresar una y otra vez a nosotros mismos. A veces el cambio se presenta en el cuerpo; otras veces aparece en la manera de responder, decidir, relacionarnos o caminar por la vida.

Me siento muy afortunada de conocerla y de haber podido acompañarla durante todos estos años. Ella me ha confiado momentos importantes de su vida y también me ha enseñado mucho con su perseverancia, su cariño y su manera de permanecer.

Con el tiempo, nuestra relación dejó de sentirse solamente como la de una maestra y su alumna. Entre respiraciones, movimientos, aprendizajes, pantallas, visitas y abrazos, nació una amistad muy hermosa que agradezco profundamente.

María Estrella llegó a mis primeras prácticas como maestra, pero hoy puedo decir que ella también ha sido una de mis grandes maestras: me ha enseñado que avanzar lentamente también es avanzar, que la distancia no tiene que separarnos y que, cuando practicamos con paciencia, amor y constancia, podemos descubrir capacidades y caminos que creíamos perdidos.

Gracias, María Estrella, por permitirme caminar a tu lado y por ser una de las voces más queridas de esta comunidad.

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